Explorando el Arte de las Palabras: Un Viaje Gramatical desde Sustantivos hasta la Perfecta Ortografía
¡Bienvenidos al fascinante mundo de la lengua y las letras! En este espacio, nos sumergiremos en las profundidades de un texto de la novela de It - Stephen King donde cada palabra cobra vida con su propia personalidad gramatical. Desentrañaremos secretos lingüísticos al subrayar y explorar detenidamente distintos elementos clave: sustantivos que dan vida a las ideas, adjetivos que pintan el lienzo de la descripción, adverbios que añaden matices, preposiciones que marcan el camino, conjunciones que conectan pensamientos, pronombres que dan identidad, verbos que son la acción misma.
Pero eso no es todo. También afinaremos nuestra mirada para
apreciar la belleza y la precisión en el uso de las letras "b",
"v", "ll", "y", "s", "c",
"z" y "h". Porque, como exploradores intrépidos del
lenguaje, sabemos que cada letra tiene su propósito y su lugar en este vasto
universo lingüístico.
-Sustantivos-
-Adjetivos-
-Adverbios-
-Preposiciones -
-Conjunciones-
-Pronombres-
-Verbos. –
-“b”, “v”, “ll”,” y”, ”s”, ”c”, ”z” y “h”-
I. Después de la inundación (1957)
1. El terror, que no terminaría por otros veintiocho
años –si es que terminó alguna vez–, comenzó, hasta donde sé
o puedo contar, con un barco de papel que flotaba
a lo largo del arroyo de una calle anegada de lluvia.
El barquito cabeceó,
se ladeó, volvió a enderezarse
en medio de traicioneros remolinos y continuó
su marcha por Witcham Street hacia el
cruce de ésta y Jackson. El semáforo
de la esquina estaba a oscuras y también
todas las casas, en aquella tarde de otoño de
1957. Llovía sin cesar
desde hacía una semana y dos días atrás habían llegado
los vientos. Desde entonces, la mayor
parte de Derry había quedado sin corriente
eléctrica y aún seguía así. Un chiquillo
de impermeable amarillo y botas rojas seguía alegremente
al barco de papel. La lluvia no había cesado,
pero al fin estaba amainando. Caía sobre la capucha amarilla del
impermeable y a oídos del niño sonaba como lluvia sobre
el tejado de un cobertizo... un sonido reconfortante, casi acogedor. El niño se
llamaba George Denbrough. Tenía seis años.
William, su hermano, a quien los niños de la
escuela primaria de Derry conocían como Bill el Tartaja, estaba en su casa recuperándose de una aguda gripe.
En ese otoño de 1957, ocho meses antes de
que comenzasen realmente los horrores y veintiocho años antes del desenlace final, Bill el
Tartaja tenía diez años. El barquito junto
al cual corría George
era obra de Bill. Lo había hecho sentado en
su cama, con la espalda apoyada en un montón de almohadas,
mientras la madre tocaba Para Elisa en el piano de la sala y la lluvia batía monótonamente la
ventana de su habitación. A un tercio de manzana,
camino del semáforo apagado, Witcham Street
estaba cerrada al tráfico por varios toneles de brea y cuatro caballetes color
naranja en los que se leía: Ayuntamiento de Derry Departamento de Obras
Públicas. Tras ellos, la lluvia había desbordado alcantarillas
atascadas con ramas, piedras y
cúmulos de pegajosas hojas otoñales. El agua
había horadado el pavimento al principio y
arrancado luego grandes trozos. Hacia el mediodía del cuarto día de lluvia,
algunos trozos de pavimento
eran arrastrados por la intersección
de Jackson y Witcham como témpanos de hielo en miniatura. Muchos
habitantes de Derry habían empezado por
entonces a hacer chistes
nerviosos sobre el Arca. El Departamento de Obra Públicas
se las había arreglado para mantener abierta Jackson Street, pero Witcham estaba intransitable desde las barreras
hasta el centro mismo de la ciudad. Todos estaban de acuerdo, sin embargo, en
que lo peor había pasado. El río Kenduskeag había crecido casi hasta
sus márgenes en los eriales y pocos centímetros por debajo de los muros de
cemento del canal que le conducía por el centro de la ciudad. En esos momentos,
un grupo de hombres –entre ellos Zack Denbrough, el padre de
George y Bill estaba retirando los
sacos de arena que habían lanzado el día anterior con aterrorizada
prisa. Un día antes, la inundación y los costosos daños parecían casi inevitables. Bien sabía Dios que ya había ocurrido
anteriormente –la inundación de 1ica había
sido un desastre con un costo de millones de
dólares y de más de veinte vidas–. De aquello hacía ya mucho tiempo,
pero aún quedaba gente por ahí que lo recordaba para asustar
al resto. Una de las víctimas de la
inundación había sido –hallada en Bucksport, a unos cuarenta
kilómetros de distancia. Los peces le habían comido
los ojos, tres dedos, el pene y la mayor
parte del pie izquierdo. Agarrado por lo que restaba de sus manos, había
aparecido el volante de un Ford. Ahora, sin
embargo, el río estaba retrocediendo y cuando se elevara
la nueva presa hidráulica de Bangor, corriente arriba, dejaría de ser una amenaza. Al menos eso decía Zack
Denbrough, que trabajaba en Hidroeléctrica Bangor. En
cuanto a los demás... bueno, las inundaciones futuras esperarían. Lo importante
era salir de ésta, devolver
la corriente eléctrica y después olvidarla. En Derry, olvidar la tragedia y el
desastre era casi un arte, tal como Bill Denbrough llegaría
a descubrir con el tiempo. George se detuvo detrás de las barreras al
borde de una profunda grieta abierta en la superficie de alquitrán de Witcham Street. La grieta
discurría casi exactamente en diagonal.
Terminaba al otro extremo de la calle, a unos doce metros de donde él se encontraba, colina abajo hacia la derecha. Rió en voz alta,
mientras el agua desbordada llevaba su barco
de papel hasta unas diminutas cataratas formadas
por otra grieta en el pavimento. El agua había abierto un canal que corría
paralelo a la grieta y el barco iba de un lado a otro de la calle arrastrado
tan deprisa por la corriente
que George tuvo que correr para seguirlo. El agua formaba láminas de
lodo bajo sus botas. Sus hebillas sonaban con un jubiloso tintineo mientras George Denbrough corría
hacia su extraña muerte. Y el sentimiento que le colmaba
en ese momento era, simplemente, amor hacia su hermano... amor y también
cierta tristeza porque
Bill no podía estar allí para ver aquello.
Claro que él trataría
de contárselo cuando volviese a casa, pero sabía que jamás conseguiría que Bill
lo viese tal como éste sí lo hubiese conseguido. Bill destacaba en lectura y redacción, pero aun
a su edad George tenía capacidad suficiente para comprender que no sólo por eso
obtenía Bill las mejores notas; tampoco era
el único motivo de que a los maestros les gustaran tanto
sus composiciones. La forma de contar era sólo una parte del asunto.
Bill sabía ver. El barquito sólo era una
página arrancada de la sección de anuncios clasificados
del News de Derry, pero George lo imaginaba como una torpedera en una
película de guerra de las que él y Bill
solían ver en el cine Derry, en las matinées de los sábados. Una película de
guerra en la que John Wayne luchaba
contra los japoneses.
La proa del barco levantaba olas a cada lado
mientras seguía su precipitado curso hacia la
cuneta del lado izquierdo de la calle. En ese punto, un nuevo arroyuelo corría
sobre la grieta abierta en el pavimento creando un remolino bastante grande.
George pensó que el barco se iría a pique. Escoró de modo alarmante pero luego
se enderezó, giró y navegó rápidamente hacia la
intersección. George lanzó gritos de júbilo corrió para alcanzarlo. Sobre su cabeza,
una torva ráfaga de viento otoñal hizo
silbar los árboles, casi completamente liberados de sus hojas a causa de la
tormenta, que ese año había sido un segador implacable.
2. Incorporado en la cama, con las mejillas aún
sonrojadas (pero con la fiebre retirándose
finalmente), Bill había terminado el bote, pero cuando
George intentó cogerlo, Bill lo puso fuera de su alcance. —Ahora t–t–tráeme la
p–p–parafina. —¿Qué es eso? ¿Dónde está? —Está
en el es–t–t–tante del s–ssótano, al bajar –dijo Bill–. En una caja que dice
G–gu–Gulf. Tráeme eso, Junto con un cuchillo y
un c–c–cuenco. Y una c–c–caja de f–fósforos. George fue en busca de esas cosas. Oyó que su
madre seguía tocando el piano, pero ya no
era Para Elisa, sino algo que no le gustaba tanto, algo que sonaba seco y alborotado;
oyó la lluvia azotando las ventanas de la
cocina. Ese sonido era reconfortante, pero
no así la idea de bajar al sótano. No le gustaba el sótano ni le gustaba bajar por sus escaleras porque
siempre imaginaba que allí abajo, en la oscuridad, había algo. Era una
tontería, por supuesto, lo decía su padre, lo decía
su madre, y, aún más importante, lo decía Bill, pero aun así... No le
gustaba siquiera abrir la puerta para
encender la luz, porque temía (era algo tan estúpido que no se atrevía
a contárselo a nadie) que, mientras tanteaba en busca del interruptor,
una garra espantosa se posara sobre su muñeca... y lo arrebatara hacia esa oscuridad
que olía a suciedad, humedad y hortalizas podridas.
¡Qué estupidez!
No existían monstruos con garras peludas y llenos de furia asesina. De vez en cuando, alguien
se volvía loco y mataba a mucha gente –a veces, Chet Huthley contaba cosas de ésas, en el informativo de la noche–, y también estaban los comunistas, por
supuesto, pero ningún monstruo horripilante vivía
en el sótano. No obstante, la idea persistía. En aquellos
momentos interminables, mientras
buscaba a tientas la llave de la luz con la
mano derecha (el brazo izquierdo se cogía con fuerza a la jamba de la puerta),
el olor a sótano parecía intensificarse hasta llenar el
mundo entero. Los olores a suciedad, humedad y hortalizas podridas se mezclaban en un olor inconfundible e ineludible; el del monstruo, la apoteosis de todos los monstruos. Era el olor de
algo que él no sabía nombrar; el olor de Eso "En el original, It. Los
protagonistas transforman el artículo neutro en nombre propio para designar a
la fuerza misteriosa contra la que se
enfrentan (N. de la T.)" agazapado al acecho y listo para
saltar. Una criatura capaz de comer cualquier cosa, pero especialmente hambrienta
de carne de niño. Aquella mañana abrió la
puerta para tantear interminablemente en busca
del interruptor, sujetando el marco de la
puerta con la fuerza de siempre, los ojos apretados, la punta de la lengua
asomando por la comisura de los labios como una
raicilla agonizante buscando agua en un sitio de
sequía. ¿Gracioso? ¡Claro! "Mira a Georgie ¡Georgie le tiene miedo a la
oscuridad! ¡Vaya tonto!" El sonido del
piano llegaba desde lo que su padre llamaba sala
de estar y su madre sala de visitas. Sonaba a música de otro mundo, lejana,
como deben de sonar las conversaciones y
risas de una playa abarrotada al nadador
exhausto que lucha contra la corriente. ¡Sus dedos encontraron
el interruptor! Lo accionaron... y nada. No había luz. "¡Maldita sea! ¡La
corriente eléctrica!" George retiró el brazo como
de un cesto lleno de serpientes. Retrocedió
desde la puerta abierta, el corazón palpitante. No había corriente, por
supuesto; había olvidado que la corriente estaba cortada. ¿Y ahora qué? ¿Decirle a Bill que no podía llevarle la caja de
parafina porque no había luz y tenía miedo de que algo lo cogiese en las escaleras del sótano, algo que no era comunista ni un
asesino loco, sino una criatura mucho peor?
¿Algo que simplemente deslizaría una parte de su maligno ser entre los peldaños para cogerle por el tobillo? Sonaría ridículo. Otros podrían reírse de
esas fantasías, pero Bill no se reiría. Bill
se pondría furioso. Bill diría: "A ver si creces, Georgie... ¿Quieres este
barquito o no? Como si le leyera el pensamiento, Bill gritó desde el dormitorio:
—¿Te has muerto allí
abajo, Georgie? –No, ya lo llevo, Bill –respondió George, y se frotó los
brazos para que desapareciese la delatora
carne de gallina–. Sólo me he entretenido en
tomar un poco de agua. —Bueno, pues date prisa. Apenas George bajó los cuatro escalones que
faltaban para llegar al estante del sótano, el corazón martilleándole
en su garganta, el vello de la nuca
erizado, los ojos ardiendo, las manos heladas y la seguridad de que, en cualquier
momento, la puerta del sótano se cerraría dejándole
a oscuras y entonces oiría a Eso, algo peor que todos los comunistas y los asesinos del mundo, peor que los japoneses, peor
que Atila el huno, peor que los seres de cien películas de terror. Eso,
gruñendo profundamente –George oiría el
gruñido en esos segundos demenciales antes de
que Eso se abalanzase sobre él y le despanzurrara las entrañas–. A causa de la inundación, el hedor del
sótano estaba peor que nunca. La casa se había salvado por
encontrarse en la parte alta de Witcham Street, cerca
de la cima de la colina, pero abajo
aún seguía el agua estancada que se había filtrado por los cimientos de piedra. El olor era terroso y desagradable.
George examinó los chismes del estante tan rápidamente como pudo: latas viejas de betún Kiwi y
trapos para limpiar zapatos, una lámpara de queroseno rota, dos botellas de limpiacristales Windex casi vacías,
una vieja lata de cera Turtle. Por alguna
razón, esa lata le impresionó
y contempló la tortuga de la tapa con perplejidad hipnótica. La apartó
luego hacia atrás... y allí estaba, por fin, una caja cuadrada
con la inscripción Gulf. George corrió escaleras arriba tan rápido como pudo, dándose cuenta de que llevaba salidos los faldones de la camisa y de que esos faldones serían su perdición: la cosa del
sótano le permitiría llegar casi hasta
arriba y entonces le cogería por el faldón de la camisa y tiraría hacia atrás
y... Llegó a la cocina y cerró la puerta de
un portazo. George se apoyó contra ella con los
ojos cerrados, la frente y los brazos cubiertos de
sudor, sosteniendo la caja de parafina en
una mano. Oyó la voz de su madre: —Georgie,
¿podrías golpear la puerta un poco más, la próxima vez? Incluso podrías romper
los platos del aparador. —Disculpa, mamá. —Georgie, so inútil –llamó Bill, desde su
dormitorio, con entonación grave para que la madre no le oyese. George rió. El miedo había desaparecido, se
había desprendido de él
tan fácilmente como una pesadilla se
desprende del hombre que despierta con la piel fría y
el aliento agitado palpándose el cuerpo y mirando alrededor para asegurarse de que nada ha
ocurrido en realidad: olvida la mitad cuando sus pies tocan el suelo; las tres
cuartas partes, cuando sale de la ducha y comienza a secarse
con la toalla; y la totalidad cuando
termina el desayuno. Desaparecida por
completo... hasta la próxima vez, cuando en el
puño de la pesadilla todos los miedos
volverán a recordarse. "Esa tortuga –pensó
George, acercándose al cajón donde se guardaban los
fósforos–. ¿Dónde he visto una tortuga
así?"
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