Tejiendo Pesadillas Gramaticales: Un Análisis de Puntos y Comas en 'It' de Stephen King

Vamos a sumergirnos en el terror literario con un análisis detallado de un capítulo de "It" de Stephen King. En esta aventura gramatical, exploraremos los oscuros recovecos del texto en busca de puntos seguidos, puntos y aparte, y comas que revelarán la maestría del autor en la construcción de su obra. Prepárate para desentrañar 20 ejemplos de estas sutilezas gramaticales mientras nos sumergimos en el mundo aterrador de Pennywise y los Perdedores.

-Punto y seguido-

-Punto y aparte-

-Coma-

 

II. DESPUÉS DEL FESTIVAL (1984)

Si Adrian llevaba puesto ese sombrero, diría más tarde su sollozante amigo a la policía, era porque lo había ganado en una caseta de tiro al blanco en la feria de Bassey Park, sólo seis días antes de su muerte. Estaba orgulloso de él.

—Lo llevaba puesto porque él amaba a este pueblucho de mierda —aulló Don Hagarty, el amigo, a los policías. —Bueno, bueno, no hay por qué decir palabrotas —indicó a Hagarty el oficial Harold Gardener.

Harold Gardener era uno de los cuatro hijos varones de Dave Gardener. El día en que su padre había descubierto el cuerpo mutilado y sin vida de George Denbrough, Harold Gardener tenía cinco años. En la actualidad, casi veintisiete años después, andaba por los treinta y dos y se estaba quedando calvo. Harold Gardener aceptaba como reales el dolor y el luto de Don Hagarty, pero al mismo tiempo le resultaba imposible tomarlos en serio. Ese hombre, si hombre podía llamársele, tenía los ojos pintados y llevaba unos pantalones de satén tan ajustados que casi se le notaban las arrugas de la polla. Con luto o sin él, con dolor o sin dolor, era, después de todo, un simple marica. Igual que su amigo, el difunto Adrian Mellon.

 —Empecemos otra vez —dijo Jeffrey Reeves, el compañero de Harold—. Vosotros salisteis del «Falcon» y caminasteis hacia el canal. ¿Qué pasó entonces?

—¿Cuántas veces tengo que repetirlo, pedazo de idiotas? —Hagarty seguía gritando—. ¡Lo mataron! ¡Lo empujaron al canal! ¡Para ellos sólo ha sido otra aventura en Macholandia!

 Don Hagarty se echó a llorar.

 —Una vez más —repitió Reeves, pacientemente—. Salisteis del «Falcon». ¿Y entonces?

 En un cuarto de interrogatorios, en el mismo vestíbulo, dos policías de Derry hablaban con Steve Dubay, de diecisiete años; en el departamento de pruebas, primer piso, otros dos interrogaban a John Webby [2] Garton, de dieciocho, y en el despacho del jefe de policía, quinto piso, el jefe Andrew Rademacher y el ayudante del fiscal de distrito, Tom Boutillier, interrogaban a Christopher Unwin, de quince años. Unwin, vestido con pantalones vaqueros desteñidos, una remera grasienta y pesadas botas militares, estaba sollozando. Rademacher y Boutillier se habían hecho cargo de él porque lo consideraban, bastante acertadamente, como el eslabón más débil de la cadena.

—Empecemos otra vez —dijo Boutillier en ese despacho, en el preciso momento en que Jeffrey Reeves decía lo mismo dos pisos más abajo.

—No queríamos matarlo —balbuceó Unwin—. Fue por el sombrero. No podíamos creer que aún lo llevase después, ya me entiende, después de lo que Webby le dijo la primera vez. Y creo que quisimos asustarlo.

—Por lo que dijo —interpuso el jefe Rademacher.

—Sí.

—A John Garton, en la tarde del día diecisiete.

 —Sí, a Webby. —Unwin volvió a romper en sollozos—. Pero cuando lo vimos en dificultades, tratamos de salvarlo. Al menos, yo y Stevie Dubay…¡No queríamos matarlo!

Vamos, Chris, no nos tomes el pelo —dijo Boutillier—. Arrojasteis al canal a ese mariquita.

 —Sí, pero…

—Y vinieron los tres aquí para aclarar las cosas. El jefe Rademacher y yo os estamos agradecidos, ¿verdad, Andy?

 —Claro. Hay que ser muy hombre para reconocer lo que se ha hecho, Chris.

—Entonces no lo pringues mintiéndonos ahora. Tuvisteis la intención de arrojarlo en cuanto lo visteis salir del «Falcon» con su amiguito, ¿no?

—¡No! —protestó Chris Unwin con vehemencia.

 Boutillier sacó un paquete de Marlboro del bolsillo de su camisa y se puso uno en la boca. Luego ofreció el paquete a Unwin.

—¿Un cigarrillo?

 Unwin tomó uno. Boutillier tuvo que perseguir la punta con la cerilla para encendérselo por el modo en que al muchacho le temblaba la boca.

 —Pero sí cuando vieron que llevaba puesto el sombrero, ¿no? —preguntó Rademacher. Unwin aspiró el humo profundamente bajando la cabeza de tal modo que el pelo grasiento le cayó sobre los ojos y expelió el humo por la nariz cubierta de puntos negros.

 —Sí —reconoció, en voz tan baja que casi no se le oyó.

 Boutillier se inclinó hacia adelante con un destello en sus ojos marrones. Aunque su cara era la de un ave de rapiña, su voz sonó amable.

 —¿Qué has dicho, Chris?

 —Dije que sí. Me parece. Queríamos arrojarlo al canal, pero no matarlo. —Levantó la mirada hacia ellos con expresión angustiada, incapaz de comprender los extraordinarios cambios que se habían producido en su vida desde que saliera de su casa para participar en la última noche del Festival del Canal organizado por Derry, con dos amigos, a las siete y media de la noche—. ¡Matarlo, no! —repitió—. Y ese tío que estaba bajo el puente…, todavía no sé quién era.

—¿De qué tío nos hablas? —preguntó Rademacher sin mayor interés.

Ya habían oído esa parte y ninguno de los dos la creía. Tarde o temprano, los acusados de asesinato sacaban a relucir, casi siempre, a ese misterioso «tío». Boutillier había llegado a darle un nombre al asunto. Lo llamaba síndrome del Manco, por el personaje de El fugitivo, aquella vieja serie de la televisión.

—El tipo vestido de payaso —dijo Chris Unwin estremeciéndose—. El tío de los globos.


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